Ella se tendió en la cama, tenía los cabellos alborotados y grandes ojeras esa noche pero, la ventana entreabierta dejaba pasar un haz de luz que sólo señalaba el perfil de su cuerpo confundido con otros volúmenes de la habitación. Él estaba profundamente dormido. Ella, disimulando, se rozó por su cuerpo para sentir su piel caliente.
El cuerpo del dormido reaccionó con un suave coletazo y un suave gemido, se revolvió entre las sábanas; torpemente escala el cuerpo de ella y se instala en la cima de su anhelo.
Ella cierra los ojos y entreabre la boca; lo vio en el cine, y siente como se acerca esa boca varonil, fuerte y tierna. Se entreabre para tomarla, se detiene, retrocede levemente y vuelve de nuevo para abarcar los labios calientes. Ella siente que los latidos de su corazón se atropellan al salir.
Él penetra en sus sueños, se le escapa el pulso y galopa como un caballo desbocado, sin rumbo.
Ella, con los ojos cerrados espera y de pronto, se le escapa el beso, se le escapa como una balsa, mar adentro y... salta al agua sin miedo y nada, nada tras él, lo sigue hasta que sus brazos se detienen impotentes.
El se detiene, se ha perdido en un paisaje solitario y se derrumba cansado y cae rodando al otro lado de la orilla, como muerto.
Ella emerge a la luz mojada y triste y se tumba y se gira en una pequeña cala. Cierra los ojos y al cerrar la boca atrapa el vacío más grande de su vida. Se seca las manos en la arena pensando por qué aquel no pudo ser el último beso, ese que se escapó mar adentro para siempre mientras le miraba a él que estaba a su lado tendido, muerto.
