25/02/10

leak out

Apoyada sobre la baranda del muro me contengo con todo lo que soy dejando que el movimiento del agua me adormezca los sentidos. No quiero pensar en lo que ha sido ni en lo que será. No quiero recordar por qué estoy aquí, en este lugar, lejos de todo. Para qué saber el significado de esta escena que me sitúa en el fin de todas las cosas. Lejos de sentir dolor o tristeza. Lejos de soñar. Lejos de la añoranza, absorbo el mundo a través de sus olores y colores. Me lleno de la densa realidad de un paisaje que se mueve fuera de mí. Ajena a mí, la vida sigue su curso.
El mar se está comiendo las piedras. El sol se va poniendo y el cielo se fragmenta, se rasga y se abre en múltiples gasas de colores que calan en el horizonte. Con la noche, el espigón se convierte en un bloque de piedra negra que desaparece en la oscuridad. Solo queda la luz mortecina de las farolas, un halo de luz en la nada que va muriendo lentamente. Se oyen chasquidos al vaivén de los barcos. Parece que el agua se rompiera en trocitos una y otra vez, una y otra vez. Ahí permanecen día y noche, como si no pasara el tiempo, atracados en el cuadrilátero argénteo donde se mecen los sueños. Bajo las escalinatas y avanzo por la avenida sin rumbo fijo. La humedad me envuelve en este viaje al infinito. De repente giro y vuelvo sobre mis pasos. Subo y me abandono sobre el rastel de la oscuridad. Me dejo acariciar por la brisa que se alza recorriendo el malecón. Nadie me espera.