Llovía
copiosamente sobre Denver. La cúpula
dorada del Capitolio devolvía la fría luz de una tarde de Enero. Desde el
último piso del Sheraton Denver Hotel, Paula
miraba absorta pegada al cristal. Aunque no era consciente, parecía estar en el
aire, sin sujeción a nada, embebida por la lluvia y por un silencio sin
procedencia. Toda la ciudad estaba inmóvil y el agua caía despacio, insistente
sobre los edificios brillantes y solitarios. La tarde se consumió sin pensamientos.
La habitación se quedó a oscuras y su cuerpo quedó al contraluz azulado de
luces lejanas. El frío la despertó de lo que le pareció, al reaccionar, un
sueño ¿o un deseo? Volar, no quedarse,
no volver… ¿En cuántos hoteles he dormido a lo largo de un año? – se
preguntó ¿Cincuenta, sesenta? ¿A quién he conocido?- se rió con ganas y sin
malicia, esa era la verdad, a nadie importante; gente anónima que iba y venía por el mundo sin nada que perder o
ganar. Y riendo se dirigió a la lámpara de pie para encenderla. Proyectaba un
haz de luz rosa pálido, una luz tenue como echada en vapor al espacio. Cogió el
libro que había sobre la mesita de noche dispuesta a leer tirada en la hamaca.
Al sentarse sintió que se hundía suavemente. ¡Estoy sentada en una nube!- Gritó dulcemente estrujando el cojín con sus
dedos ¡Y qué delicada madera! Parece
hecha por una caricia, dijo después de haber leído varios párrafos de “Luna de
sueños”. En realidad, Luna de sueños, no era todavía un libro. Alberto Milán,
que era lo más parecido a un amigo que tenía desde hacía muchos años, se lo
dejó para obtener su valiosa opinión antes de dejarlo en la editorial.
Siguió
leyendo. “Ella tocaba el violín aquel día nublado. Después de caminar desde su
casa hasta el cabezo de los álamos con su maletín negro, se sentaba sobre el
saliente de laja que descansaba sobre el mar. Le arrancaba una melodía fuerte y
dolorosa con un golpe seco arañando las cuerdas. La caja del violín temblaba y
ella, magnifica y mayestática , miraba el horizonte vestirse de rojo mientras
sus labios se contraían y se dilataban hablando sin hablar de un dolor que ya
no le pertenecía, un dolor robado por el paisaje pisado y humillado por el
tiempo…”
Se
levantó de un salto y, sin saber muy bien por qué, se vertió en un monólogo
vertiginoso, esparció todas las palabras que había acumulado en su interior
durante un largo año en el que jugó a ser fuerte para negar la gran pregunta,
la pregunta que era obvia y que no se podía posponer más ¿ Quien soy yo? Una pregunta que, naturalmente,
la llevaría a otras preguntas. ¿Qué quiero? ¿Cómo lo consigo? No puedo partir
de la negación de todo si quiero seguir viviendo. Tengo que necesitar algo de
esta vida ya que no tendré otra.
Se
dio cuenta de que mirando al abismo desde la habitación de un hotel, no vería
nada. De que ahí fuera no había nada porque lo que existe para otros hombres y
otras mujeres, ha sido creado en sus corazones. ¡Ya lo tengo! Eso es lo que a
mí me falta, un corazón. Quiero un corazón y lo quiero nuevo. Así que tendré
que empezar por crearme la máquina creadora de vida. Un Corazón fuerte, con
empuje, con ritmo, con música y con muchas puertas. Un corazón que suene como
el motor de un Porsche. ¡Dios! He estado dormida, pero, ¿cuánto tiempo?
Espero que no sea demasiado tarde- Se quedó pensativa unos instantes- Joder, me
he estado viendo a mí misma ahí pegada al cristal de este cuarto, igual que el
cristal de otro cuarto y otro y otro, de una habitación y otra, de un hotel,
otro hotel.., ¡mierda!, no sé por dónde empezar. Estoy contenta, pero aún
confusa ante tanta luz, tantas ideas. Tengo que sentarme de nuevo, uf, me
siento, me siento y respiro. Un papel, necesito un papel para aclararme- busca
en un cajón de la pequeña mesa- estilo Almodóvar- ¿Qué viene primero, escribir
lo que he hecho mal o lo que …, o lo que qué, aún no se qué es lo que deseo. ¡Vale!
París, Londres, Estocolmo, Marruecos, España, Turquia. Ritz, Mardan Palace,
Royal Lancaster y otros tantos nidos, todos cerca del cielo. O lo que es lo
mismo, lejos de la tierra…, hasta que dejó de oírse a sí misma.
¿Qué
me ha pasado?- se preguntó sorprendida mientras se dirigía hacia la cristalera,
la misma a la que estuvo pegada durante seis horas buscando otra excusa para
seguir viajando. Allí estuvo un gran rato con los hombros recogidos hacia su
pecho. Parecía buscar algo de calor. Al fin con la cabeza algo diluida en
múltiples ideas, se durmió sobre la cama revuelta. Por la mañana se despertó
con cara de mimosa y lo primero que sintió fue el calor cayendo sobre la ciudad
y sonrió al descubrir que había conseguido su objetivo más urgente: llegar a
Denver.