14/02/09

reacciones

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Fue una noche, cuando trataba dormir. Pasó de una idea otra, de un recuerdo a otro, hizo un recorrido superficial por su vida, organizó su agenda del día siguiente, hizo proyectos de futuro, prometió arreglar algunos asuntos y, dos horas más tarde, seguía sin dormir. Empezaba a sentir un hormigueo por las piernas y una tensión muscular chocante cuando decidió como otras veces montarse alguna historia de esas de pura fantasía que ubicaba en el futuro lejano con personajes que habían pasado por su vida y no se habían ido del todo. Personas por las que sentía algo indescifrable, pero algo. Recordó un nombre de hombre pero lo desechó. No consiguió que le atrajera. Luego pensó en otro y en otro. Nada. De pronto se dio cuenta de que eran muchos hombres los que habían pasado por su vida y ante la falta de argumento para un sueño premeditado, comenzó a enumerarlos. Decidió empezar por el principio, nombre y numero: Lorenzo, uno, Ángel, dos y así sucesivamente. Consiguió contar ciento veintiséis y más tarde entremetió alguno más, colocándolo en su tiempo, detrás del que iba, en su sitio. Ciento veintinueve hombres formaban el puzzle amoroso de su vida íntima. Se quedó rígida por un momento. No podía ser posible que en su corta existencia pudiera caber tanta gente. Pero no cabía duda. Todos, unos más tiempo que otros, durmieron en su cama, arrugaron sus sábanas, y, a cambio, le dejaron el olor que todos los hombres dejan para cubrir su ausencia. Un olor dulce y espeso que con los días se agriaba hasta su desaparición en la amarilla red de hilo reseco que tejía el olvido. Alguno dejó algo más que eso. Un poco más que una tarde de sol en el parque. Un poco más que abrazos desesperados para matar la noche, un poco más que las noches en las que la luna plateaba el río y dibujaba siluetas de otro mundo sobre la hierba. Unos y otros se llevaron algo. La habitación se hizo grande y fría, inmensa. Y ella no era nadie veinte años más tarde. Uno dejó una ausencia que no sólo nunca se disipó sino, que a medida que pasó el tiempo, fue haciéndose cada día más extensa. No era nada si contaba con que lo pasado no es más que aquello que se fue para siempre. No era nada porque nada quedaba que le recordara que tuvo algo. No era más que un personaje solitario dibujado en el panel de una historia sin continuidad. Ningún argumento desafiaba al futuro, nada le hacía sentir que quedaba mucho por hacer. El silencio se endurecía bajo la mano muerta de un pintor acabado. Ni su estado de espera ansioso por atrapar el color o la palabra le daba vida. No podía continuar. Le dolían los ojos de tanta claridad, de tanto paisaje blanco por describir, de tanta ausencia. Qué duro el espacio infinito sobre los hombros.